Acabo de llegar a la vida real. He dejado atrás mes y medio de campamentos. Los músculos se resienten, algunos quilillos de más, mucho sueño y mucha morriña, aunque ya se echaba de menos el tú a tú frente a la pantalla del ordenador y el click del teclado, la música de fondo y la niebla lucense.
Han sido unos campamentos espectaculares, desde escalada, tiro con arco, senderismo, rutas en BTT, acrosport hasta talleres de manualidades varias, pero, pese a todo, fue este último el que más me llegó, un campa solo de sonido, de música, de tradición gallega, de panderetas, muiñeiras, gaitas, cantareiras y un grupo fantástico. Parece mentira que hace solo unos meses estuviese coordinando un campamento para adolescentes, una semana de deporte, otra de urbanos, otra de tradición gallega. Mis amigos suelen hacer algún que otro comentario despectivo en lo que se refiere a pasar las únicas vacaciones que tienes soportando críos, cada uno de su casa, con directores histéricos y comida a base de patatas fritas. Pero, más allá de eso, se aprende demasiado para dejarlo de lado, se conoce mucho más de lo que la gente piensa, es un mundo paralelo, en el que los problemas de todo el año se esfuman, y allí solo importan las lloreras y lamentos en las conversaciones telefónicas de los primeros días de aquellos que asisten a su primer campamento lejos del regazo materno. Se agudiza el ingenio para hacer montajes solo con cuerda de pita, no existen límites a la imaginación con las veladas, cada una más fantasiosa e ilusionista, los juegos de playa, las lluvias de las noches de guardia, las canciones del comedor antes del primer plato... buf, demasiado, demasiado para no volver a repetir el próximo año.
En estos momentos de contacto directo con cada niño, con los compañeros, muchos de los cuales no conoces de nada, aprecias esa semejanza con la labor del maestro, en este caso se trata más de una convivencia 24 horas, con ronquidos incluídos, pero el trabajo, el desarrollo de cada actividad, el compañerismo, el cansancio, el aprender de cada uno de ellos, inclusive de los de prácticas... un continuo de actividad, donde no se dormía lo suficiente para crear algo especial para el día siguiente, donde no se reía menos de cada fracción de segundo, donde, se hacía y se deshacía entre todos.
Hubo sus más y sus menos, aquellos momentos de agobio en los que necesitarías de una mano que prefería estar sentada pintando un mural de poco más de diez minutos, o instantes en los que debías ser tú quien pidiese ayuda porque tu voz ya estaba demasiado dañada y se acercaba la afonía o aquel bregar con familias que creen conocer más a sus hijos alejándose de los hechos, otras que te ocultan información relevante que vas conociendo conforme pasan los días... Hay circunstancias bien distintas pero, al final, con lo que te quedas es con lo bueno, y, sin duda, se trata de demasiado para olvidarlo.
Por ello, con ese buen sabor de boca, empiezo estas nuevas líneas de agosto en el blog, intentando comenzar las actividades de verano del master ¡poco a poco, para no crear demasiado shock al cuerpo!
Han sido unos campamentos espectaculares, desde escalada, tiro con arco, senderismo, rutas en BTT, acrosport hasta talleres de manualidades varias, pero, pese a todo, fue este último el que más me llegó, un campa solo de sonido, de música, de tradición gallega, de panderetas, muiñeiras, gaitas, cantareiras y un grupo fantástico. Parece mentira que hace solo unos meses estuviese coordinando un campamento para adolescentes, una semana de deporte, otra de urbanos, otra de tradición gallega. Mis amigos suelen hacer algún que otro comentario despectivo en lo que se refiere a pasar las únicas vacaciones que tienes soportando críos, cada uno de su casa, con directores histéricos y comida a base de patatas fritas. Pero, más allá de eso, se aprende demasiado para dejarlo de lado, se conoce mucho más de lo que la gente piensa, es un mundo paralelo, en el que los problemas de todo el año se esfuman, y allí solo importan las lloreras y lamentos en las conversaciones telefónicas de los primeros días de aquellos que asisten a su primer campamento lejos del regazo materno. Se agudiza el ingenio para hacer montajes solo con cuerda de pita, no existen límites a la imaginación con las veladas, cada una más fantasiosa e ilusionista, los juegos de playa, las lluvias de las noches de guardia, las canciones del comedor antes del primer plato... buf, demasiado, demasiado para no volver a repetir el próximo año.
En estos momentos de contacto directo con cada niño, con los compañeros, muchos de los cuales no conoces de nada, aprecias esa semejanza con la labor del maestro, en este caso se trata más de una convivencia 24 horas, con ronquidos incluídos, pero el trabajo, el desarrollo de cada actividad, el compañerismo, el cansancio, el aprender de cada uno de ellos, inclusive de los de prácticas... un continuo de actividad, donde no se dormía lo suficiente para crear algo especial para el día siguiente, donde no se reía menos de cada fracción de segundo, donde, se hacía y se deshacía entre todos.
Hubo sus más y sus menos, aquellos momentos de agobio en los que necesitarías de una mano que prefería estar sentada pintando un mural de poco más de diez minutos, o instantes en los que debías ser tú quien pidiese ayuda porque tu voz ya estaba demasiado dañada y se acercaba la afonía o aquel bregar con familias que creen conocer más a sus hijos alejándose de los hechos, otras que te ocultan información relevante que vas conociendo conforme pasan los días... Hay circunstancias bien distintas pero, al final, con lo que te quedas es con lo bueno, y, sin duda, se trata de demasiado para olvidarlo.
Por ello, con ese buen sabor de boca, empiezo estas nuevas líneas de agosto en el blog, intentando comenzar las actividades de verano del master ¡poco a poco, para no crear demasiado shock al cuerpo!
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